Hace 3 años, construí un botón de pánico con un Arduino.
No era un proyecto de portfolio. Era una solución de emergencia para un estudiante que se bloqueaba y no sabía cómo salir.
Lo hice porque entendía el bloqueo desde dentro. Porque yo también aprendí en un sistema que no estaba diseñado para cómo funciona mi cerebro.
Hay millones de estudiantes que cada tarde se sientan frente a una tarea y no pueden arrancar. No porque sean vagos. No porque no quieran. Sino porque el sistema les da la instrucción final sin el camino.
"Estudia el tema 3 para mañana."
Para algunos cerebros, esa frase es un muro.
GLIA existe por eso. No para sustituir al profesor ni hacer los deberes. Para dar el punto de arranque que el sistema no da.
Construí la herramienta que yo nunca tuve.
Si tienes un estudiante así en casa o en tu aula, 15 días gratis para probarlo. Sin tarjeta. Sin compromiso.
El salto de Arduino a plataforma implicó traducir intuiciones en arquitectura: detección de estados, flujos de intervención, trazabilidad de uso y decisiones de seguridad para población menor de edad. Parte de ese recorrido — las decisiones técnicas concretas — está detallado en la historia completa de GLIA, y el origen humano del proyecto explica por qué cada una de esas decisiones tuvo que tomarse así y no de otra manera.
Una de esas decisiones fue la más importante: los límites de la IA cuando habla con un niño. Kore, el agente de voz de GLIA, tiene prohibido hacer los deberes y activa protocolos cuando aparece riesgo. Esa seguridad no vino al final; vino desde el primer Arduino.